Apasionada tarde de charlas inconclusas, mates y sobres de azúcar sobre la mesa:
En el aire se estrellan palabras vagas de un recuerdo llenas de un néctar sabroso, tan sabroso que nos hace moquear en cada prosa hilvanada, recuerdo emotivo de cuando niños pretendíamos ser hombres junto al tazón de leche, arroz, cáscaras de limón y tintes de dulzura en los mimos del azucarero floreado de vidrio desde la cocina de la abuela. Más allá, moqueando crecimos en base a palizas y retos paternos, más acá, seguimos a los golpes y a los tumbos en base a otras palizas, de otros afectos llenos de amor, pasión o dulzura. La sonrisa de la nona que encontrábamos de retoños hoy resulta esquiva en la mirada magra de palabras de amor y acciones cual punzo de quien dice, pretende o quizá lo fue, o no ¿quién sabe?, nuestro pupilo y profeta en sendas vidas de adolescencia y madurez.
Una carta encontrada, recitada en tu mirada, una melodía que se filtra por el éter empañando tu vista, mates que saben amargos más allá de los kilos de caña de azúcar, una garúa que nace desde nuestro pecho, chaparrón de un pasado tan presente en bocas de tormenta que adolecen al ahora jardín desflorado de rosas sin capullos y frésias sin color a la sombras del Nogal que fuera la guarida perfecta cuando niños en juegos de escondidas, policías o ladrones y esa eterna mancha que hoy nos deja recorriendo el patio de lajas grisáceas inundadas por la fina lluvia, que quizá sean tus lágrimas de aquella apasionada tarde de charlas, mates y azúcar que debemos concluir.
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